Sí, ahora es cuando César está más contento en Madrid. Y no es que antes no lo estuviera, pero si echa la vista hacia atrás, se da cuenta que hoy es cuando puede decir que ha progresado. César llegó de Colombia hace cuatro años, en 2006, cuando la economía parecía que nunca iba a quebrar. Vino con un visado de turista, porque le invitó un amigo suyo de Cali, bueno, no es que le invitara, es que César le insistía tanto por el skype que quería venir, que al final le dijo que hiciera lo que quisiera. Su amigo, William, se quejaba mucho de España, trabajaba muchas horas, ganaba no mucho dinero, vivía en un piso compartido en Usera, se sentía discriminado… Pero César, por lo que le conocía, sabía que William nunca se lo había sabido montar. Y además a César lo que le atraía era lo que había leído en internet sobre Chueca y sobre España, la libertad que había para poderse casar, los locales, las discotecas. Y además siempre había sido guapo así que un día se lió la manta a la cabeza y ya no regresó.
Es cierto que al principio lo pasó mal. El poco dinero ahorrado que se trajo apenas le llegó para nada. Y sin papeles, sólo pudo optar a trabajos mal pagados. Pero incluso en eso, piensa César, tuvo algo de suerte. Porque al poco de llegar conoció una noche en el LL, a un señor algo mayor que le pudo enchufar en una sauna y en un local de sexo de Madrid, y como César era guapo, en seguida le cogieron. Lo malo de aquella época fueron los horarios. Los fines de semana trabajaba casi veinte horas seguidas en la sauna. Y entre semana, se encargaba de la puerta del local de sexo. Dinero ganaba, es cierto, y eso le permitió alquilar una habitación en Chueca. Además aquellos trabajos le permitieron conocer mucha gente y fue en el local de sexo donde conoció a Ricardo. Era un chico pelirrojo y delgado de León, con cerca de 40 años que iba sistemáticamente todos los jueves. Nunca los fines de semana, ni los martes o los miércoles. Sólo los jueves, sin faltar uno. Ese día no era el que más gente había así que comenzaron a hablar cada uno a un lado de la barra. Y un día se liaron, porque César sabía que a Ricardo le gustaba. Y poco a poco César le convenció para que se casara con él, que le hiciera ese favor, que esa era la única forma de conseguir los papeles. Y Ricardo, al que en el fondo todo le daba igual porque vivía sin esperanza, un día le dijo que sí. Y como llevaban viéndose varios meses, la entrevista en el Registro Civil les fue muy sencilla. E incluso Ricardo le dijo que para no levantar sospechas se fuera a vivir con él. Hoy César sigue viviendo en casa de Ricardo, pero ya no duermen juntos. Le paga un modesto alquiler por la habitación que tiene al lado de la puerta. César espera que cualquier día le diga que se vaya, pero Ricardo, cuando coinciden que no es muy frecuente, le saluda con un cierto cariño. César sabe por sus antiguos compañeros que sigue yendo cada jueves al local. Por lo demás Ricardo no sale mucho, queda a cenar con algunos amigos, algo grises y alicaídos, como él, y poco más…
Hace veinte meses César se apuntó a un gimnasio por Callao porque se dio cuenta que si quería triunfar tenía que ganar masa muscular. Y así fue como consiguió que le pasaran unos ciclos y que ahora, cuando se mira en el espejo, no pueda creerse que haya conseguido ese cuerpo. Que esos pectorales y esos abdominales sean suyos. Y desde entonces, César tiene la sensación de que todo le va bien. Ha comenzado a trabajar en la discoteca de moda de camarero, ha conseguido ser gogó en las fiestas más sonadas de la capital. Está en la lista VIP de todos los locales, ha hecho de modelo para varias revistas y hace unos días, una marca de calzoncillos de una tienda de Chueca, le ha propuesto que fuera su imagen para esta temporada. Gana más que nunca y trabaja mucho menos. De vez en cuando, pero sólo cuando el cliente le gusta, se saca un dinero extra ejerciendo la prostitución. Ahora pertenece a la clase VIP del ambiente. Y César se siente muy orgulloso de sí mismo, de lo listo que ha sido para hacerse a sí mismo, para abrirse camino en una tierra tan ajena. Está convencido de que se lo debe a los botecitos de cristal que su monitor le ha vendido y que guarda con cuidado en la nevera.
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