Berto abrió los ojos. No sabía qué hora sería, pero tenía un terrible dolor de cabeza. ¡Menuda resaca! Y, de repente, se dio cuenta de que no estaba solo en la cama y lo recordó todo. ¡No podías ser verdad! ¿Lo habría soñado? Pero no, no era un sueño y allí, a su lado, durmiendo a pierna suelta con cara de no haber roto un plato, estaba Nico, su alumno, ese chico que tenía en la asignatura de Contabilidad de primero y que apenas recordaba en clase…
Es verdad que no era la primera vez que se encontraba con algún estudiante por ahí, pero como mucho se habían saludado y poco más. Y estaba convencido que muchos le habrían visto pero como él era tan malo recordando caras ni se habría dado cuenta… Pero lo de liarse con uno, como había hecho esa noche, no, eso no, y de hecho, siempre se había jurado que evitaría la ocasión, sobre todo cuando escuchaba a sus compañeros contar que se habían enrollado con alumnas. Berto se levantó de la cama y se tomó un ibuprofeno. Menos mal que los viernes no tenía clases porque iban a dar las dos… Al poco de comenzar a preparar un zumo de naranja, Nico apareció por la cocina. Berto pensó que tenía su encanto, un encanto asociado a su mucha juventud, que puede que se le fuera con el tiempo cuando se maleara… Pero ahora, con aquella cara de no poder con su alma, resultaba gracioso y tierno.
Berto pasó aquel día en la cama, intranquilo, cansado, dándole vueltas en la cabeza a lo que había hecho. Sabía que Nico muy probablemente estuviera en ese momento llamando a todos sus amigos por teléfono para contarles la aventura. Y él no quería problemas. Nico le parecía un buen chico pero no lo conocía de nada y además, había demostrado ser un espabilado con lo que se la podía jugar. Estaban a menos de un mes para los exámenes. Aunque salió un rato al cine con unos amigos, no fue aquel un buen fin de semana para Berto. Y pensar en volver el martes a la clase de Nico le daba un cierto vértigo.
Cuando entró en clase lo vio de inmediato, sentado en la parte del medio del aula. Entonces Berto ya había decidido que en ningún caso iba a negar lo que había ocurrido, que lo mejor que podía hacer era tratarlo todo con normalidad. Durante la hora de clase Nico no paró de charlar con su compañero de al lado. Berto estuvo a punto de quedarse en blanco en varias ocasiones, pero se autocontroló y no sin dificultades logró terminar la explicación. Quería en el pasillo decirle algo a Nico, aunque no sabía muy bien qué… Pero una alumna, de esas que siempre le iban a preguntar para hacerle la pelota, le distrajo con una pregunta absurda, y cuando salió, de Nico no había ni rastro. Bueno, intentaría hablar con él otro día. Y justo cuando iba a entrar en el baño se chocó con él. “¡Hombre”, le dijo, “¿qué tal? ¿Te recuperaste el viernes”. Notó como Nico se ponía colorado y como los nervios se mostraban en sus gestos. “Sí, me costó, pero sí, bueno, ya nos veremos, ¡hasta luego!”. Y Nico se fue corriendo. Berto sonrió, al final iba a resultar que la situación era más violenta para el estudiante que para él…
Las semanas siguientes, Nico no fue mucho a sus clases. Y cuando iba parecía estar atento. No volvieron a hablar, así que aquel viernes, cuando Berto estaba tumbado en su sofá de Ikea dispuesto a ver algún programa basura hasta que le entrara el sueño, le sorprendió recibir aquel sms: “Hola, soy Nico. ¿Tienes planes? ¿Te apetece que nos tomemos algo?”. No recordaba haberle dado su número de móvil, pero con el pedo que llevaba aquella noche seguro que lo había hecho. Berto dudó unos momentos. Pero sólo unos momentos. “Vale, no tenía planes así que perfecto. En una hora en el edificio de Telefónica”. En el taxi en dirección a la Gran Vía, Berto pensaba por qué tenía esa extraña afición a meterse en líos. Por qué le gustaba tanto moverse en el filo, sentir el vértigo de una posible caída. No lo sabía, siempre había sido así. Pero intuía, no sabía muy bien la razón, que aquella podía resultar una noche estupenda, como todas aquellas que no se planean. Continuará.
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