Aquella noche Berto se lo pasó muy bien, fueron al Gris a beber unos chupitos (Berto hacía mucho que ya no iba allí, sus amigos preferían ir al Enfrente porque decían que había gente demasiado joven) y luego terminaron en el Shangai. Aunque toda la noche habían estado hablando sin tocarse, en la discoteca, Berto se relajó y comenzó a besar a Nico. Y éste no opuso resistencia, debía estar deseándolo… Cuando cerraron la discoteca, Berto no sabía qué hacer… Le apetecía que Nico se fuera a su casa, y aunque aquella noche no había recordado quiénes eran, que él era su profesor y el otro un alumno, el fresco de la madrugada vino a recordárselo. “¿Qué quieres hacer?”, le preguntó. “No sé”, Nico se encogió de hombros, “lo que quieras, ¿conoces algún after por aquí?”. Berto conocía algún after, bueno, lo que ahora se llaman afters que ya no lo son, simples bares que abren después de las seis para aquellos que se resisten a ir a dormir cuando el Ayuntamiento lo manda. Pero ésos no eran los afters que Berto había conocido en su época de estudiante, de ésos ya no quedaban, porque la noche en Madrid se estaba haciendo cada vez más homogénea, más parecida a sí misma… “¿Nos tomamos la última en mi casa?”. “¡Vale!”.
Y terminaron tomándose varias y acostándose tres veces aquella noche, que ya no era noche si no mañana de sábado. Luego Berto le preparó una comida, la receta que mejor se le daba, porque la verdad era que cocinaba poco y mal. Después estuvieron viendo un poco la tele y luego Nico le dijo que se tenía que ir a estudiar. Los exámenes estaban a la vuelta de la esquina. Berto se ofreció a llevarle en coche; tenía que ir al centro y de camino le podía dejar en su Colegio Mayor. En realidad, Berto no tenía que ir al centro para nada; de hecho, había planeado aquel fin de semana de relax absoluto leyendo una novela que le tenía enganchado y el domingo, sí, había quedado para ir a tomar unas cañas a La Latina, pero hasta entonces él no tenía que ir al centro. La cosa era que estaba contento, que se lo había pasado muy bien. Que hacía mucho tiempo que después de pasar la noche follando, no había pasado el día con ningún tío. Sus últimas historias habían sido polvos de aquí te pillo aquí te mato. Gente que cuando se corría, se vestía sin ni siquiera ducharse y decía un lacónico “hasta luego”, cuando no había sido él el que había hecho eso y había salido corriendo de la casa de un tío que le había servido simplemente para desahogarse. Y era curioso, Berto estaba sorprendido, que durante toda la noche del viernes y el día del sábado, hubiera estado hablando de temas tan diversos con su alumno y hubiera alcanzado ese grado de complicidad. ¿Quién había dicho que no podía darse complicidad en gente que tenía mucha diferencia de edad? Con mucha gente de su edad, Berto no compartía nada y si estaba con ellos, era por no ser insociable.
Cuando paró enfrente del Chaminade, ese colegio mayor que Berto en su época de estudiante había frecuentado, porque tuvo un medio novio que vivía allí, Nico se despidió con un tímido y fugaz beso en los labios. “Bueno, ya nos veremos”. “Cuando quieras”. “No, cuando quiera no, el 24, que es tu examen. Pero sí, cuando los termine quedamos y te invito que ayer lo pagaste tú casi todo…”. “No te preocupes, ¡que eres estudiante! Venga, mucho ánimo con los exámenes”. Berto arrancó el coche y decidió volverse a casa, en el centro no iba a hacer nada y tampoco le apetecía quedar con sus amigos y contarles la historia. ¿Para qué? Hay veces que las historias hay que guardarlas, cuidarlas, mimarlas en el silencio, porque una vez que se dan a conocer se vuelven vulgares, pierden la intensidad que alcanzan en el silencio de nuestra mente.
Esta semana es el examen de su asignatura. Berto está un poco nervioso, espera que Nico lo haga bien. Le dolería tener que suspenderlo y además le pondría en una encrucijada profesional. Durante estas semanas, que a Berto se le han hecho eternas (¡con lo que siempre agradecía el período de exámenes!), llamó un día a Nico y éste le dijo que no le iban mal, que estaba un poco harto, que a ver si llegaba el 28 que era el último y que además era la semana del orgullo y que ya quedarían… Lo que a Berto le desconcierta es que ha pensado en Nico casi todos los días, que si se para, se da cuenta que le gusta, aunque no sea su tipo, aunque Nico no sea el típico niñato guapo de las revistas… Es verdad, que después del 24, ya todo dará igual… Pero su propio sentimiento le sorprende. Y además sabe que, aunque se vean la semana del orgullo, luego Nico regresará a casa de sus padres y quizá esta historia no se pueda resolver hasta el próximo curso. ¡Y en el verano pasan tantas cosas! Sí, Berto está hecho un lío…
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Las semanas siguientes, Nico no fue mucho a sus clases. Y cuando iba parecía estar atento. No volvieron a hablar, así que aquel viernes, cuando Berto estaba tumbado en su sofá de Ikea dispuesto a ver algún programa basura hasta que le entrara el sueño, le sorprendió recibir aquel sms: “Hola, soy Nico. ¿Tienes planes? ¿Te apetece que nos tomemos algo?”.
leer másNico no recuerda bien en qué momento abandonaron aquel bar. Sí tiene algunos recuerdos confusos de que estuvieron besándose hasta que decidieron irse, serían ya cerca de las seis de la mañana. Recuerda también que Berto paró un taxi, que él se debió dormir en el trayecto, que fue largo y que cuando se despertó estaba acostado al lado de Berto que dormía profundamente.
leer másY allí, cuando ya llevaba tres minis, se quedó con la boca abierta cuando vio entrar a su profesor de Contabilidad por la puerta, acompañado de otros dos chicos.
leer másDurante años, en una discoteca de Madrid que frecuenté semanalmente, tenía un conocido de vista que me llamaba la atención. No tenía un cuerpo espectacular, ni era de una belleza digna de ser portada de ninguna revista, tenía, más bien, una belleza triste o, dicho de otro modo, en su tristeza uno descubría belleza.
leer másSi uno va a quedar con alguien, teniendo una colección de fotos delante, parece que sabe con quién va a tener la cita, el ligue parece que deja de ser virtual para hacerse real. Y es aquí donde está el engaño, porque muchas veces las fotos poseen mucha ficción, y la distancia entre la imagen y la carne, como metáfora de la distancia entre el deseo y la realidad, es abismal.
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