Terminar una relación siempre es complicado. Y solemos, quizá para dulcificar un poco la ruptura, usar fórmulas que resultan ya un poco manidas. Una de ellas es la de “te prefiero como amigo”. Cuando a mí me han dejado diciéndome esto, he sentido dentro de mí como crecía rabia, furia e indignación. Porque es algo así como si te dijeran “no te doy el primer premio, pero te queda el de consolación, me puedes seguir viendo pero no tocando, ni besando, ni deseando…”. Lo malo es que, luego, también yo he cometido la falta y el error de dejar utilizando la susodicha expresión. Y cuando lo recuerdo no puedo evitar sentir una vergüenza horrorosa.
En estos tiempos en los que vivimos, decir las cosas a las claras es algo que no se estila mucho. A quien lo hace, lo llamamos directamente borde. Y en las cosas sentimentales, parece que es mejor evitar serlo. Sin embargo, quizá sería mejor abandonar diciendo claramente ya no me gustas, ya no te quiero, ya no siento lo que sentía (si es que lo sentí alguna vez). Puede que entonces nuestra pareja, al oír eso, nos odie, nos grite, dé salida a su furia. Pero este tipo de ruptura sería mucho más terapéutica, mucho más que aquélla en la que todo se disfraza de corrección política, en la que no se dice la verdad. Ésta a la larga ocasiona más daño, porque cuando así nos dejan no paramos de dar vueltas a la cabeza preguntándonos por la verdadera razón del abandono.
No estoy diciendo que no se pueda ser amigo de un ex. Personalmente, muchos de mis mejores amigos son chicos con los que en algún momento mantuve una relación más o menos duradera. Esto es algo muy común entre los gays. Pero también es verdad que el paso de una relación a una amistad no puede hacerse de la noche a la mañana, como quien se cambia de camisa. Cuando decimos lo de “te prefiero como amigo”, en el fondo estamos siendo cínicos porque en ese momento el que deja no quiere ver al abandonado porque probablemente le agobia la situación, y el abandonado se resiste a consolarse con la simple contemplación del amado en un bar sin poder acercarse a tocarle, sin poder compartir con él los momentos de intimidad que se han terminado. Para pasar a la amistad es necesario recorrer un camino, un duelo, que lleva su tiempo. Un recorrido que pasa por un enfriamiento, por un distanciamiento hasta que las heridas estén cerradas y, sólo entonces, podrá levantarse una amistad allí donde están los restos de una relación. Pasar de una a otra como de la noche al día es imposible. Y además, no siempre es así. Hay ocasiones en las que una de las dos partes no está interesada en mantener esa relación de amistad y entonces forzarla tampoco tiene ningún sentido.
Por eso cuando nos dejen con la famosa frase, es mejor responder: “no, no me quieres y ya está. Y lo de amigos se verá”. Porque al fin y al cabo dos no pueden ser amigos si uno no quiere, y al abandonado siempre le queda la opción de negar la amistad, que quizá sea mejor premio de consolación que el ser preferido como amigo. Aunque puede que al otro directamente le dé igual o hasta lo prefiera. Ay, las relaciones, qué difíciles son…
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