Contaba Leopoldo Alas en una columna que publicó en Shangay poco antes de morir, que había llegado a admirar la fuerza de voluntad de las musculocas, a las que antes no se tomaba muy en serio. A mí me pasa un poco lo mismo. Hasta hace unos tres años, mis visitas al gimnasio eran más o menos esporádicas, iba unos meses, luego lo abandonaba, volvía al poco tiempo y nunca iba más de tres veces por semana la hora que recomiendan los criterios mínimos de supervivencia física. Creo que como a todos los maricas nos pasa, cuando me encontraba delante de una auténtica escultura humana, en mí se mezclaba por un lado el deseo (porque quién va a negar que no le gusta un cuerpo musculoso, de portada de revista) y la presunción, quizá equivocada y sin duda algo prepotente, de que en la cabeza de tal cuerpo muchas neuronas no debían caber.
Pero desde hace tres años vengo aumentando tanto la frecuencia como el tiempo que dedico al gimnasio. Fue a los 29 cuando me metí de lleno en esta actividad, agobiado sin duda por llegar a esos “tas” de los que dice mi madre que uno nunca sale, o de los que pocos salen. Desde entonces voy allí todos los días (salvo el domingo, que cierra y, dicho sea de paso, ¿por qué en el centro de Madrid los gimnasios tienen esos horarios tan limitados? ¡Una ciudad que quiere ser olímpica debería tenerlos abiertos las 24 horas los 365 días del año!) y le dedico un mínimo de dos horas diarias. Tan es así que mi vida social se ha visto seriamente afectada y ya casi la desarrollo únicamente en el gimnasio. Eso me ha servido para darme cuenta de que lucir un buen cuerpo no es tarea sencilla. Sin duda, como decía Leopoldo Alas, hay que admirar la fuerza de voluntad y la constancia de los que trabajan sin descanso su figura. La rutina de los ejercicios cada día, del ejercicio aeróbico, de las abdominales, de las dietas… Aunque aquí también hay que hacer alguna precisión. Lucir un buen cuerpo se puede hacer de dos formas, por la vía rápida de ponerse unas inyecciones de esteroides y por la vía lenta de hacerlo sin ellas. La primera también conlleva sacrificios, pero a mí me provoca poca admiración porque es la producción mercantilista y en cadena de los buenos cuerpos: ¿no os habéis fijado nunca que en las fiestas de musculocas, cuando se quitan la camiseta, es imposible distinguir a una de la otra? Es el fordismo de los cuerpos. He apreciado además que muchos de los que optan por esta rápida forma de alcanzar el cuerpo soñado, se vuelven un poco bobos. Yo entiendo esta pasión por el cuerpo que sentimos, pero también desconfío de aquel que se lo cree y que después del esteroide (porque seguramente no antes) está encantadísimo de haberse conocido. Sobre todo porque el que sigue la vía rápida no ha optado por la del esfuerzo, la de la fuerza de voluntad y la de la constancia. Debe ser que me queda algo del calvinismo en el que fui educado.
La visita al gimnasio también me ha hecho caer en la cuenta de que considerar que allí sólo va gente descerebrada es un prejuicio. Hay, como en todas partes, gente de todos los tipos, gente inteligente y poco inteligente, gente avispada y menos avispada. El tamaño de los músculos poco tiene que ver con el del cerebro. El problema es que en nuestro mundo la imagen pesa mucho, y esa obsesión por la belleza de la que todos participamos, muchas veces nos hace quedarnos en el envoltorio y no ver más allá. Y eso provoca mucha frustración, mucho dolor y muchas inseguridades. Quizá deberíamos seguir mostrando nuestro interés por la belleza, cómo no, pero también apreciar qué es lo que hay detrás de ella. Porque la estética sin más, no deja de ser un bonito paquete de regalo sin regalo dentro y, en fin, yo quiero regalos, cuanto más grandes mejor.
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