Esta semana celebramos el 1 de diciembre el recuerdo de todos aquellos que han sido víctimas del sida. Creo que es una fecha importante porque ésta ha sido la principal crisis que hemos sufrido los gays como movimiento. Una crisis, que a diferencia de otras, no ha tenido un origen social o político, pero que se ha traducido en aspectos sociales y políticos. Uno de ellos es que las personas afectadas por el VIH siguen siendo objeto de discriminación social no sólo en el mundo social y laboral, sino también en la propia comunidad gay. Esta fecha es un buen momento para que hagamos crítica y autocrítica y recordemos a aquéllos que ya no están con nosotros. Es una ocasión para alertar a la gente joven que parece no darle ya mucha importancia a este problema y para presionar a nuestros gobiernos para que hagan lo posible y lo que está más allá de lo posible, esto es, que gasten más dinero, en atención a la gente con VIH, en campañas de prevención, en calidad del tratamiento humano y médico.
La crisis del sida revolucionó el movimiento homosexual. Este movimiento fue uno de esos nuevos movimientos sociales de liberación que tuvieron lugar a partir de los años 60 por determinados colectivos que se seguían sintiendo excluidos en las sociedades prósperas y desarrolladas de las décadas de crecimiento económico sostenido. ¡Qué lejos queda ese mundo donde se pensaba que la depresión económica había desaparecido para siempre! La llegada de la enfermedad fue un mazazo terrible a un movimiento que, en su origen, lo que reivindicaba era la liberación sexual y terminar con los esquemas monogámicos y heterosexistas de la burguesía bien pensante. En esa época de liberación comenzaron a llegar las muertes y de alguna forma la desilusión. Cuando lo conseguimos entender y reponernos, algo había cambiado para siempre. Modificamos nuestro discurso y el contenido de nuestras reivindicaciones. Ya no gritamos por la liberación sexual, ahora pedimos el matrimonio, ya no denunciamos los esquemas burgueses, ahora lo que queremos es que el modo de vida burgués nos deje un espacio, un hueco adaptado a nuestra forma de entender el mundo.
El día 1 es el día en el que tenemos el deber moral de rendir homenaje a todos los que se han quedado por el camino. Hoy, por fortuna, el VIH ya no es sinónimo de sentencia de muerte, pero aún hoy hay gente que sufre la mala suerte y muere. No lo es, claro, en el primer mundo, porque tenemos África, casi todo un continente que muere de esta enfermedad. Por eso, el día 1 es el día en el que tenemos que revivir nuestra propia memoria histórica, a los que fueron víctimas inocentes y que de alguna forma contribuyeron a lo que como colectivo somos hoy. Es un día en el que tenemos que hacer visible a los que son invisibles, porque incluso entre nosotros, que somos más conscientes que los heterosexuales de la enfermedad, discriminamos al que ha sido tocado por la mala fortuna. Es un día para gritar a las empresas farmacéuticas que la salud no es un negocio. Para decir a nuestros compañeros que estamos ahí y que pueden contar con nosotros para lo que ellos quieran. Decirles que queremos que el Estado les ayude a seguir con una buena calidad de vida, que el amor es posible y la pareja también. Decirles, sencillamente, que en nuestro mundo de portadas de músculos y colores hay también un espacio para ellos, un espacio que, sin duda, es mucho más profundo e importante.
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