Mario es de Valladolid, el destino hizo que naciera allí como podía haber nacido en cualquier otro sitio, y hasta hace poco siempre vivió en aquella ciudad. Mario piensa que fue siempre más o menos feliz en su ciudad, que en el colegio de monjas donde estudió de pequeño no tuvo mayores problemas, que la adolescencia en el instituto la pasó algo peor, fue entonces cuando descubrió que era gay y se sintió bastante solo. Luego llegaron la Universidad y sin mucha vocación, y porque la nota tampoco le daba para mucho más, hizo Derecho. Y en aquellos años de pellas, de saltarse clases para ir al bar, descubrió que no era el único, descubrió que había muchos más como él en aquella ciudad que pensaba que era pequeña. Y comenzó a frecuentar el 1900 y algún otro garito que hoy ya no existe. Se hizo un grupo de amigos gays, y se escapaban algún fin de semana a Madrid y allí él ligaba más que ninguno, y descubría asombrado que si no lo hacía en el Ohm o en el Polana que era donde acostumbraba a ir, siempre podía acabar en la Center donde el polvo estaba asegurado.
Hace algo más de un año, con la explosión de la crisis, le despidieron. Llevaba desde que había terminado la carrera hacía tres años, trabajando en una empresa de logística haciendo un trabajo administrativo que ni le gustaba, ni le disgustaba. Lo asumía, sin más. No se llevaba mal con algunas compañeras y éstas sí que sabían lo suyo. Pero cuando le despidieron, Mario se dijo que era el momento de cambiar, de dar un giro a su vida. Al final, conocía ya a todos los gays de Valladolid. Había tenido algunos novios, pero ninguna historia había funcionado. Era el momento de marcharse a Madrid. Se decía que no le sería muy difícil encontrar un trabajo, de lo que fuera. Y como seguía viviendo con sus padres y tenía algún dinero ahorrado, irse le parecía una inversión. Sobre todo, una inversión en su libertad.
Mario lleva ya más de un año en la capital. Y piensa que las cosas no eran como había pensado. Que las ciudades, cuando se visitan, son todas muy bonitas, pero cuando se vive en ellas es distinto. Antes de ir, creía que no le sería muy difícil hacer o entrar en grupo de amigos gracias a los contactos que tenía en su agenda del móvil, de sus polvos esporádicos. Pero toda esa gente tenían sus vidas muy organizadas, o iban con mucha prisa y casi nunca podían quedar, aunque luego se los encontrara por ahí cada vez que saliera. En Madrid se vivía demasiado rápido, con demasiadas ocupaciones, y le parecía que la gente estaba poco dispuesta a ceder su tiempo para conocer a alguien que le podía resultar atractivo pero poco más. De hecho, ya no se sorprendía como al principio, cuando algunos de esos chicos que siempre se habían mostrado reacios a salir con él o a quedar a tomar un café, le enviaban los sábados a las seis de la madrugada un sms proponiéndole un polvo.
Mario, desde su época de estudiante, había practicado deporte. De hecho, en Valladolid solía ir al gimnasio o a correr siempre que salía del trabajo. En Madrid se había apuntado a uno, pero en seguida se dio cuenta, cuando fue por primera vez al Space, que allí estar bien no era cuestión de correr o nadar mucho. Que uno era apreciado por la masa muscular. Y como los osos no le gustaban, se había llegado a plantear intentarlo con esas ampollas que se pasaban los chicos en el vestuario, pero le parecían demasiado caras…
Mario llevaba meses buscando trabajo sin encontrar nada fijo. En una ETT consiguió algo de administrativo en una empresa de envíos, pero a los dos meses no le renovaron, luego había encontrado un trabajo a media jornada en un Zara del extrarradio, pero lo acabó dejando porque le daba una pereza horrible tener que coger ese autobús verde que odiaba. Y cada día, se sentía más hastiado y buscaba menos. Se pasaba los días navegando en Internet, quedando con algunos por todos los portales en los que tenía perfil, y poco más. Afortunadamente, en el piso que compartía con otros dos chicos gays con los que nunca había terminado de encajar, ¡y eso que él se había esforzado!, había ADSL. Lo malo era que los ahorros bajaban en una caída sin fin. Y Mario, que se sentía muy solo en Madrid, estaba pensando en volverse. Aunque eso tampoco le apetecía porque sería como reconocer públicamente su fracaso. No entendía como había gente que se adaptaba tan bien a aquella ciudad, ¿o fingían todos? El caso es que aquel no era su sitio. Y quizá tener esto claro, ya había merecido la pena.
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